Vivienda social en el primer mundo. Innovación pública sin ideologías

Por Luis Castiella

Se estima que en la ciudad de Viena, el 50% de las personas habitan viviendas bajo algún esquema de protección social para solventar sus gastos de alquiler.  Las cifras de viviendas de propiedad del Estado, ascienden a un 25% del total de las viviendas de la ciudad. 

Es llamativo, también, que estas viviendas no se encuentran en barrios marginados ni en la periferia, sino que están a lo largo y a lo ancho de toda la ciudad. Inclusive el distrito 1, que es la zona céntrica donde se ubican los palacios, hoteles de lujo y sitios turísticos.

Como dato de interés, el ayuntamiento de la ciudad está embarcado ahora en un proyecto dirigido a realizar una renovación total de estas viviendas, para hacerlas sustentables, bajo la iniciativa Smarter Together. Estas obras son financiadas por el propio estado y que se van ejecutando en bloque. Por barrios y por edificio.

Recientemente, se ha conocido los caso de Irlanda y también España, que se orientan a brindar sistemas similares de soluciones habitacionales.

Existen numerosos ejemplos de acciones de este tipo, desde los gobiernos locales, tendientes a paliar los costos excesivos que va tomando la propiedad ante el desarrollo de las ciudades. Fenómeno que se denomina gentrificación.

La post pandemia nos trae ahora un cambio de paradigma, que viene dado por la reversión del flujo migratorio hacia las grandes ciudades. Las personas ahora, prefieren vivir en la periferia, aprovechando las bondades del trabajo remoto. Esto está produciendo grandes cantidades de edificios y locales abandonados.

En América Latina, con grandes déficits habitacionales, surge la oportunidad de aprovechar estos inmuebles en desuso. Esto además, se monta en las corrientes que promueven una mayor sustentabilidad, mediante el rehuso de las propiedades existentes y la reducción de las nuevas construcciones. Una actividad que genera grandes impactos ambientales.

En la ciudad de Buenos Aires, recurrentemente surge el debate relacionado con el déficit de vivienda y la gran cantidad de inmuebles abandonados o sin uso que existen en ella. Esta discusión se complica cuando se apela a posturas ideológicas que llevan el tema por el lado de la expropiación o el de promover que el Estado resuelva cuestiones que debería hacer el mercado. Ni hablar cuando se plantea integrar a la vida de la ciudad, a personas que habitan en barrios marginados o villas.

Según estudios realizados a partir de la propia información suministrada por el Gob. De la Ciudad de Buenos Aires, mediante su portal de datos abiertos (aunque algo desactualizado),  existen actualmente alrededor de 2100 viviendas o edificios abandonados en la ciudad. 

Segú información, también propia del GCBA, aproximadamente el 3,9% de las viviendas de la ciudad son precarias o están alojadas en villas. El déficit habitacional, entre viviendas precarias y condiciones de hacinamiento, hace que entre un 15 y un 20% de los habitantes de la ciudad, viva en condiciones inadecuadas.

Ahora, si sacamos el manto ideológico, no es para nada descartable la idea. Aun, la cuestión ideológica, requiere también una segunda mirada cuando vemos el caso de la ciudad de Viena, una de las ciudades con mayor poder adquisitivo y calidad de vida en el mundo, según refieren diversos índices y rankings que, como decíamos, cuenta con 25% de vivienda pública.

Resulta curioso, más allá de esta idea de reutilizar las casas abandonadas para paliar el déficit habitacional, que miradas ideológicas anacrónicas impidan avanzar en soluciones innovadoras para cuestiones tan básicas como la de la vivienda. La innovación pública comienza justamente sacudiéndose los pre conceptos.

En materia de vivienda, y urbanística, la post pandemia nos está mostrando verdaderos desafíos, que requieren esfuerzos innovadores y donde la innovación pública debe traducirse  más allá de los discursos, en acciones concretas. Eso es inteligencia.

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